Capítulo séptimo
De la segunda
salida de nuestro buen caballero D. Quijote de la Mancha
(...) Todo lo cual hecho y cumplido, sin
despedirse Panza de sus hijos y mujer, ni Don Quijote de su ama y sobrina, una
noche se salieron del lugar sin que persona los viese, en la cual caminaron
tanto, que al amanecer se tuvieron por seguros de que no los hallarían aunque
les buscasen. Iba Sancho Panza sobre su jumento como un patriarca, con sus
alforjas y su bota, y con mucho deseo de verse ya gobernador de la ínsula que
su amo le había prometido. Acertó Don Quijote a tomar la misma derrota y camino
que el que él había antes tomado en su primer viaje, que fue por el Campo de
Montiel, por el cual caminaba con menos pesadumbre que la vez pasada, porque
por ser la hora de la mañana y herirles a soslayo los rayos del sol, no les
fatigaban. Dijo en esto Sancho Panza a su amo: mire vuestra merced, señor
caballero andante, que no se le olvide lo que de la ínsula me tiene prometido,
que yo la sabré gobernar por grande que sea. A lo cual le respondió Don
Quijote: has de saber, amigo Sancho Panza, que fue costumbre muy usada de los
caballeros andantes antiguos hacer gobernadores a sus escuderos de las ínsulas
o reinos que ganaban; y yo tengo determinado de que por mí no falte tan
agradecida usanza; antes pienso aventajarme en ella, porque ellos algunas
veces, y quizá las más, esperaban a que sus escuderos fuesen viejos, y ya
después de hartos de servir, y de llevar malos días y peores noches, les daban
algún título de conde; o por lo menos de marqués de algún valle o provincia de
poco más o menos; pero si tú vives y yo vivo, bien podría ser que antes de seis
días ganase yo tal reino, que tuviese otros a él adherentes, que viniesen de
molde para coronarte por rey de uno de ellos.
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