Comunicación 6to. Ciclo
domingo, 13 de noviembre de 2016
domingo, 6 de noviembre de 2016
Capítulo séptimo De la segunda salida de nuestro buen caballero D. Quijote de la Mancha
Capítulo séptimo
De la segunda
salida de nuestro buen caballero D. Quijote de la Mancha
(...) Todo lo cual hecho y cumplido, sin
despedirse Panza de sus hijos y mujer, ni Don Quijote de su ama y sobrina, una
noche se salieron del lugar sin que persona los viese, en la cual caminaron
tanto, que al amanecer se tuvieron por seguros de que no los hallarían aunque
les buscasen. Iba Sancho Panza sobre su jumento como un patriarca, con sus
alforjas y su bota, y con mucho deseo de verse ya gobernador de la ínsula que
su amo le había prometido. Acertó Don Quijote a tomar la misma derrota y camino
que el que él había antes tomado en su primer viaje, que fue por el Campo de
Montiel, por el cual caminaba con menos pesadumbre que la vez pasada, porque
por ser la hora de la mañana y herirles a soslayo los rayos del sol, no les
fatigaban. Dijo en esto Sancho Panza a su amo: mire vuestra merced, señor
caballero andante, que no se le olvide lo que de la ínsula me tiene prometido,
que yo la sabré gobernar por grande que sea. A lo cual le respondió Don
Quijote: has de saber, amigo Sancho Panza, que fue costumbre muy usada de los
caballeros andantes antiguos hacer gobernadores a sus escuderos de las ínsulas
o reinos que ganaban; y yo tengo determinado de que por mí no falte tan
agradecida usanza; antes pienso aventajarme en ella, porque ellos algunas
veces, y quizá las más, esperaban a que sus escuderos fuesen viejos, y ya
después de hartos de servir, y de llevar malos días y peores noches, les daban
algún título de conde; o por lo menos de marqués de algún valle o provincia de
poco más o menos; pero si tú vives y yo vivo, bien podría ser que antes de seis
días ganase yo tal reino, que tuviese otros a él adherentes, que viniesen de
molde para coronarte por rey de uno de ellos. CAPÍTULO PRIMERO
Don Quijote de la Mancha
Que trata de la condición y ejercicio del famoso y valiente hidalgoI don Quijote de la Mancha.
En un lugar de la Mancha, de cuyo nombre no quiero acordarme, no ha mucho tiempo que vivía un hidalgo de los de lanza en astillero, adarga antigua, rocín flaco y galgo corredor. Una olla de algo más vaca que carnero, salpicón las más noches, duelos y quebrantos los sábados, lantejas los viernes, algún palomino de añadidura los domingos, consumían las tres partes de su hacienda. El resto della concluían sayo de velarte, calzas de velludo para las fiestas, con sus pantuflos de lo mesmo, y los días de entresemana se honraba con su vellorí de lo más fino. Tenía en su casa una ama que pasaba de los cuarenta y una sobrina que no llegaba a los veinte, y un mozo de campo y plaza que así ensillaba el rocín como tomaba la podadera. Frisaba la edad de nuestro hidalgo con los cincuenta años. Era de complexión recia, seco de carnes, enjuto de rostro, gran madrugador y amigo de la caza. Quieren decir que tenía el sobrenombre de «Quijada», o «Quesada», que en esto hay alguna diferencia en los autores que deste caso escriben, aunque por conjeturas verisímiles se deja entender que se llamaba «Quijana», 16. Pero esto importa poco a nuestro cuento: basta que en la narración dél no se salga un punto de la verdad.
sábado, 5 de noviembre de 2016
Fragmento del Capítulo VI: Del donoso y grande escrutinio que el Cura y el Barbero hicieron en la librería de nuestro ingenioso hidalgo
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| Quema de libros por el cura, el barbero y el ama, por José Segre |
La sobrina de don Quijote, el cura,
el ama y el barbero estaban en el aposento, donde estaban los libros de caballería. Encontraron más de cien libros
grandes y otros pequeños. Quisieron quemar todos los libros que habían causado
la locura de don Quijote. El cura vio todos los libros, por si había algunos
que no debieran ir al fuego.
El primer libro de caballería que el
barbero encontró, fue el de Amadís de Gaula. El cura dijo que éste había sido
el primero de caballería en España y que todos los demás habían tomado
principio y origen de éste. Pero el mejor libro era: La Historia del famoso
caballero Tirante el Blanco. Para el cura era un tesoro, porque se podía saber
cómo comen, duermen y mueren los caballeros, y porque tenía un estilo poético.
Cuando llegaron a donde don Quijote
estaba, ya él estaba levantado de su cama. Con muchos esfuerzos le devolvieron
a la cama otra vez. En la noche el ama quemó todos los libros y el cura y el
barbero tapiaron la
biblioteca con mucha prisa para que don Quijote no encontrara el cuarto con los
libros.
CAPITULO XIII
Donde se da fin al cuento de la pastora Marcela, con otros sucesos
Mas apenas comenzó a descubrirse el día por los balcones del Oriente, cuando los cinco de los seis cabreros se levantaron y fueron a despertar a Don Quijote, y a decille si estaba todavía con propósito de ir a ver el famoso entierro de Grisóstomo, y que ellos le harían compañía. Don Quijote, que otra cosa no deseaba, se levantó y mandó a Sancho que ensillase y enalbardase al momento, lo cual él hizo con mucha diligencia, y con la misma se pusieron luego todos en camino.
Y no hubieron andado un cuarto de legua, cuando al cruzar de una senda vieron venir hacia ellos hasta seis pastores vestidos con pellicos negros, y coronadas las cabezas con guirnaldas de ciprés y de amarga adelfa. Traía cada uno un grueso bastón de acebo en la mano; venían con ellos asimismo dos gentiles hombres de a caballo tan bien aderezados de camino, con otros tres mozos de a pie que los acompañaban.
CAPITULO VII
Del buen suceso que el valeroso Don Quijote tuvo en la espantable y
jamás imaginada aventura de los molinos de viento, con otros sucesos dignos de
felices recordación
En esto descubrieron treinta o cuarenta
molinos de viento que hay en aquel campo, y así como Don Quijote los vio, dijo
a su escudero: la ventura va guiando nuestras cosas mejor de lo que acertáramos
a desear; porque ves allí, amigo Sancho Panza, donde se descubren treinta o
poco más desaforados gigantes con quien pienso hacer batalla, y quitarles a
todos las vidas, con cuyos despojos comenzaremos a enriquecer: que esta es
buena guerra, y es gran servicio de Dios quitar tan mala simiente de sobre la
faz de la tierra. ¿Qué gigantes? dijo Sancho Panza.
Aquellos que allí ves, respondió su
amo, de los brazos largos, que los suelen tener algunos de casi dos leguas.
Mire vuestra merced, respondió Sancho, que aquellos que allí se parecen no son
gigantes, sino molinos de viento, y lo que en ellos parecen brazos son las
aspas, que volteadas del viento hacen andar la piedra del molino. Bien parece,
respondió Don Quijote, que no estás cursado en esto de las aventuras; ellos son
gigantes, y si tienes miedo quítate de ahí, y ponte en oración en el espacio
que yo voy a entrar con ellos en fiera y desigual batalla. Y diciendo esto, dio
de espuelas a su caballo Rocinante, sin atender a las voces que su escudero
Sancho le daba, advirtiéndole que sin duda alguna eran molinos de viento, y no
gigantes aquellos que iba a acometer. Pero él iba tan puesto en que eran
gigantes, que ni oía las voces de su escudero Sancho, ni echaba de ver, aunque
estaba ya bien cerca, lo que eran; antes iba diciendo en voces altas: non
fuyades, cobardes y viles criaturas, que un solo caballero es el que os
acomete. Levantóse en esto un poco de viento y las grandes aspas comenzaron a
moverse, lo cual visto por Don Quijote, dijo: pues aunque mováis más brazos que
los del gigante Briareo, me lo habéis de pagar.
Y en diciendo esto, y encomendándose de
todo corazón a su señora Dulcinea, pidiéndole que en tal trance le socorriese,
bien cubierto de su rodela, con la lanza en ristre, arremetió a todo el galope
de Rocinante, y embistió con el primer molino que estaba delante; y dándole una
lanzada en el aspa, la volvió el viento con tanta furia, que hizo la lanza
pedazos, llevándose tras sí al caballo y al caballero, que fue rodando muy
maltrecho por el campo. Acudió Sancho Panza a socorrerle a todo el correr de su
asno, y cuando llegó, halló que no se podía menear, tal fue el golpe que dio
con él Rocinante. ¡Válame Dios! dijo Sancho; ¿no le dije yo a vuestra merced
que mirase bien lo que hacía, que no eran sino molinos de viento, y no los
podía ignorar sino quien llevase otros tales en la cabeza? Calla, amigo Sancho,
respondió Don Quijote, que las cosas de la guerra, más que otras, están sujetas
a continua mudanza, cuanto más que yo pienso, y es así verdad, que aquel sabio
Frestón, que me robó el aposento y los libros, ha vuelto estos gigantes en
molinos por quitarme la gloria de su vencimiento: tal es la enemistad que me
tiene; mas al cabo al cabo han de poder poco sus malas artes contra la voluntad
de mi espada. Dios lo haga como puede, respondió Sancho Panza. Y ayudándole a
levantar, tornó a subir sobre Rocinante, que medio despaldado estaba; y
hablando en la pasada aventura, siguieron el camino del puerto Lápice, porque
allí decía Don Quijote que no era posible dejar de hallarse muchas y diversas
aventuras, por ser lugar muy pasajero; sino que iba muy pesaroso por haberle
faltado la lanza y diciéndoselo a su escudero, dijo: yo me acuerdo haber leído
que un caballero español, llamado Diego Pérez de Vargas, habiéndosele en una
batalla roto la espada, desgajó de una encina un pesado ramo o tronco, y con él
hizo tales cosas aquel día, y machacó tantos moros, que le quedó por
sobrenombre Machuca, y así él, como sus descendientes, se llamaron desde aquel
día en adelante Vargas y Machuca. Hete dicho esto, porque de la primera encina
o roble que se me depare, pienso desgajar otro tronco tal y bueno como aquel,
que me imagino y pienso hacer con él tales hazañas, que tú te tengas por bien
afortunado de haber merecido venir a verlas, y aser testigo de cosas que apenas
podrán ser creídas. A la mano de Dios, dijo Sancho, yo lo creo todo así como
vuestra merced lo dice; pero enderécese un poco, que parece que va de medio
lado, y debe de ser del molimiento de la caída. Así es la verdad, respondió Don
Quijote; y si no me quejo del dolor, es porque no es dado a los caballeros
andantes quejarse de herida alguna, aunque se le salgan las tripas por ella. Si
eso es así, no tengo yo que replicar, respondió Sancho; pero sabe Dios si yo me
holgara que vuestra merced se quejara cuando alguna cosa le doliera. De mí sé
decir, que me he de quejar del más pequeño dolor que tenga, si ya no se
entiende también con los escuderos de los caballeros andantes eso del no
quejarse.
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