El espíritu de la selva
y el tigre asesino
Sucedió
hace mucho tiempo, en las cercanías de lo que ahora es la comunidad de Santa
Rita; cierto día se celebraba una gran fiesta, se bebía chicha fermentada y
vinillo, y se comía pescado y carne de monte, todo era alegría y camaradería,
más al transcurrir las horas y cuando ya la mayoría de las personas estaban
embriagadas, de pronto un hombre salta la pista de baile donde se encontraba su
mujer bailando con otro, la toma del brazo y enardecido por los celos comienza
a maltratarla; los invitados al darse cuenta de lo que sucedía sujetan al
alevoso sujeto y lo amarran con bejucos de carahuasca. El borracho lucha
tenazmente con sus ataduras logrando zafarse, arrepentido de lo que hizo huye a
la selva para dejarse morir en ella.
Cuando
por fin se despierta se da cuenta de que se halla en medio de la selva,
sintiendo un fuerte chuchaqui, pero viendo que la vida es bonita y merece ser
vivida; bajo un gran árbol de cedro construye una enramada y prende una fogata
para ahuyentar a las fieras. La noche tendió su manto y el canto de los sapos,
grillos y chicharras, lo mantuvieron despierto por un largo rato; y fue en esos
momentos cuando vio acercarse una sombra que se detuvo a sus pies, parecería
que deseaba decirle algo, pero nuestro hombre no lograba descifrar el mensaje.
A lo
lejos se escuchó un fortísimo rugido, era el huagra tigre y la selva se
estremeció desde sus raíces, luego vino un silencio espeluznante y nuevo rugido
cada vez más cercanos. Cuando el tigre estuvo a pocos metros del indígena, la
sombra que se había ubicado a los pies de éste se lanzó sobre el felino y se
entabló entre ambos una mortal lucha; caían las palmas de chonta; los monos
chillaban; temblaba la tierra; los contrincantes jadeaban de cansancio. La
sombra durante la lucha logró tomar una filuda astilla de chonta y utilizándola
a manera de puñal la enterró en el tigre varias veces. Por las heridas huía la
vida del animal, la sangre manaba a borbotones.
El
hombre aprovechando la confusión trata de escapar escondiéndose detrás de los
árboles más gruesos; en cuestión de segundo la sombra tambaleante le da alcance
y le dice: “vete a tu casa y no faltes más el respeto a las mujeres; no
regreses a ver si el huagra tigre te persigue.” El indígena retornó a su hogar
lloroso y arrepentido, pidió perdón a su mujer por los maltratos anteriores y
fundidos en un amoroso abrazo hicieron el amor, mientras el sol jugaba con el
follaje de los árboles cercanos, refugio de pájaros y monos chichicos.
Ese
mismo día nuestro indígena regresó a la selva donde tuvo lugar la pelea; allí
yacía el cuerpo del enorme huagra tigre, cubierto de impresionantes heridas y
lleno de hormigas gigantes que le devoraban los ojos. Uno del grupo comentó que
la sombra protectora debió ser la madre selva, que protege a los hombres cuando
estos se internan en el bosque.

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